Saturday, April 18, 2009

Colores

Creemos que somos libres, pero quien manda es el despertador. Eso me dijo ayer un escritor, uno de esos que, a pesar de vivir con esa maldita imagen que le ubica frente a un ordenador con una botella de whisky, no duda en comparar la escritura al chamanismo, a las drogas o a una vía de escape fascinante que no pretende ser más que eso: un remolino de fantasía que hace despegar los pies del suelo y viajar al horizonte más profundo de uno mismo.

La cuestión, pensé yo, es cómo convertir ese chirriante pitido en una música, en una vibración que nada tiene que ver con la estridencia, sino con la vida. Porque cuando oyes el despertador es porque estás ahí, despierto, aunque lo apagues, lo frenes, lo tires o lo rompas. En todo caso estás ahí, a puntito de desplegar las sábanas o próximo a un viaje al rincón más calentito de la cama y a tus quimeras matutinas. Yo de esas tengo muchas, por eso procuro hacer que suene media hora antes. Masoquismo, dicen...

Entonces te enderezas, pones un pie en el suelo, vuelas a la ducha, te embobas frente a la nada, te duchas, te vistes, desayunas o te vas pitando rumbo a la rutina. A ese curro que tanto odias, a esa jefa que tanto detestas. O a esa silla que te cautiva y ese jefe al que admiras. Pero rutina, al fin y al cabo. Cómo hacer de ella algo apasionante y no mecánico depende única y exclusivamente de cómo uno se tome la vida, reto indisociable del estado de ánimo, de esos dañinos cambios de humor... De la luna o del horóscopo, quién sabe. Ese alboroto emocional que a unos nos bloquea y a otros nos motoriza. O las dos cosas.

Y cuando te bloqueas también bloqueas a aquel con el que compartes tu mirada hacia el mundo, tu rutina, tu camino, tu vida. Porque amar también es odiar, porque el dolor y la emoción se dan la mano y porque a veces un chirrido es un chirrido y no hay manera de convertirlo en música. Pero entonces suena esa canción que tanto te gusta y lo ves todo de otro color. That’s the time I love the best, como diría Donovan. Y todo, la libertad y el mandato del despertador, depende de esos colores, y de cómo sean los filtros del cielo y el suelo en ese sueño vivo.

Saturday, February 21, 2009

La mirada o el eclipse de la estrella

Un día, no hace mucho, un actor me dijo que lo más importante a la hora de interpretar era contar una historia con la mirada. Me di cuenta de que la caída de los párpados, la apertura de la pupila, el movimiento de la retina o el brillo del iris, marcaban la diferencia entre un buen actor y una estrella que se queda en el camino.

Aunque se ha convertido en la actriz más joven con cinco candidaturas, todavía no se ha hecho con el Oscar, pero tiene dos BAFTA y una pareja de Globos de Oro.
Aunque ahora brille su sensualidad, a lo largo de su vida ha sufrido impertinentes comentarios porque su figura no se adaptaba al arquetipo estético hollywoodiense de los últimos años...

No importa: convive a gusto con sus imperfecciones y es genuina. Es actriz, no estrella.

El último año confirma su talento. Por partida doble. Participa en dos grandes películas, “Revolutionary Road” y “The Reader”, y, en los dos casos, aflige al espectador con su mirada, dando vida a dos mujeres diametralmente opuestas pero con mucho en común, quizás el toque Winslet. Creció en una familia de actores de teatro y eso se nota.

La mirada de April es inconformista, ansiosa, sofocada y egoísta, la de una mujer incapaz de aprender a ser feliz -discapacidad emocional muy común en nuestros días, por cierto, no sólo en the american way- e incapaz de construir su vida dentro de su realidad. Hanna transmite vergüenza y también sufre.

Después de haberme enfrentado a muchas de sus películas -desde Sense and sensibility a The Reader, pasando por Titanic, The Holiday o Finding neverland- Kate Winslet se ha ganado mi respeto.

Espero que el fantasma de Titanic desaparezca tras este salto kilométrico de la actriz. Reconozco que la superproducción de Cameron, la película más taquillera de la historia, marcó un hito en mi adolescencia –no lo vamos a negar, a estas alturas-, pero no dejó de ser un punto de inflexión en las carreras de dos grandes actores, Winslet y Dicaprio, que desde 1997 han vivido a la sombra de un estrellato que eclipsaba su talento.

Wednesday, January 28, 2009

Excusas

Hoy es uno de esos días en los que me acuesto satisfecha. Quizás al precio de que me duela todo (¿De verdad tengo 21 años? Me asusta...), a costa de que músculo que muevo, músculo que me pega un gritito desde el fondo de mi pequeño ser y me dice que ya es hora de dormir. Me acosté tarde, disfrutando de un libro.

Hacía tiempo que no disfrutaba de un libro. Es uno de esos placeres que he dejado abandonado mucho tiempo. Sé que no me lo voy a perdonar: he malgastado mi valioso tiempo en pensar en mi mundo imaginario, olvidándome de los universos paralelos que se encuentran en la lectura.

Internet, televisión, prensa, vida social, estudios, trabajo... Días y días, de sólo 24 horas, que se me escapan de la mano. Se me había olvidado lo bonito que era esbozar una sonrisa o una sutil carcajada, sentir angustia o acercamiento placentero hacia esos seres creados y perfilados por la escritura y definidos por la imaginación.

Prometo que no voy a olvidar eso nunca más. Gracias a una de mis conciencias (sí, tengo varias, si tuviera que contar sólo con una...) y gran amiga, un “run run”, de esos que nunca escuchas hasta que te hacen pensar, rugía sin cesar desde todos los libros que tengo en la estantería del lateral de la cama. Cada uno lo hacía a su manera, pero todos rugían. Y yo, demasiado preocupada por mi mundo, interpretaba lo siguiente: me preguntaban por qué les tenía tan cerca y les trataba con indiferencia, sin demasiados cuidados. Les miraba. Elegía a uno, le daba mimos y al rato sentía que los demás gritaban celos. Me invadía una sensación que me impedía prestar demasiada atención a cualquiera de ellos. Eso me podría acusar de tener favoritismos, de actuar de manera arbitraria con mis pequeñuelos.

Sí, por muy triste que parezca, esa es una explicación de mi reticencia a la lectura en los últimos tiempos, además de la falta de disponibilidad. En definitiva, excusas baratas encontradas en lo más profundo de mi ego.

Hoy he formulado mis primeras preguntas a una escritora de verdad. Y lo de ayer eran deberes. Pero unos deberes que hice demasiado a gusto como para no permitirme el lujo de proponérmelos a mí misma más que de vez en cuando (desde mi propia conciencia, esta vez) y socializar con los personajillos de los libros.
Con ganas de volver al ruedo y hacer que todo cuente...

Tuesday, November 18, 2008

No todos los finales son Made in Hollywood


No todo es Hollywood. Si buscamos en las salas de cine podemos encontrar grandes producciones con talentos escondidos y con grandes galardones. Daniel Burman nos trae a España El Nido Vacío. El relato de un escritor de éxito que pierde el referente de su vida en Buenos Aires.En nuestra cartelera podemos encontrar grandes obras y también grandes productos de marketing. Algunas películas cobran visibilidad semanas antes de estar en la gran pantalla. Desde la televisión hasta las marquesinas de autobús, las distribuidoras hacen un despliegue publicitario de películas que, a veces, son buenas. Sin embargo, muchas otras producciones pasan desapercibidas. Por falta de inversión publicitaria o quizás porque no es lo mismo escuchar Made in Hollywood que, por ejemplo, Made in Argentina.


Es el caso de El nido vacío, una película de Daniel Burman que relata la historia de un matrimonio que sufre una etapa de distanciamiento. En una relación madura y en la que se acentúan las diferencias entre ambos. Sobre todo, cuando se dan cuenta de que la casa se les ha quedado grande con la marcha de sus hijos, que eran el motor de su vida.Leonardo es escritor y está en plena crisis existencial. Lo efímero de la fama le hace darse cuenta de que su vida está absolutamente construida por los demás, ya sea la opinión pública o su propia red social.


Queda claro desde la secuencia inicial. Una cena en la que todos, menos él, dan respuesta a las preguntas que le hacen sobre su vida, incluida su mujer. Quizás ella tiene más capacidad para la dialéctica. Es una profesora universitaria, abierta y con un espíritu muy joven. Esa facilidad de adaptación y ese dinamismo son cosas que abruman a su marido. Hasta el punto de sentirse totalmente extraño a todo lo que le rodea y quedarse atrapado en la nostalgia de su pasado. Así es como entra en una espiral: se encierra en su interior y se queda al margen de la vida social de su mujer, hasta que decide buscar soluciones para aceptarse a sí mismo y a los demás. Nos traslada al sentimiento de impotencia. Querer que las cosas transcurran de una determinada manera cuando ya han transcurrido, querer mitigar los errores del pasado.

El personaje principal está magistralmente interpretado por Oscar Martínez, uno de los grandes en Argentina, con un papel que le ha hecho ganar la Concha de Plata al Mejor Actor en el Festival Internacional de Cine de San Sebastián. En el reparto le acompaña Cecilia Roth, a la que ya hemos visto en grandes producciones españolas como Todo sobre mi madre. Sin embargo, es de esas películas que sólo la sala Renoir nos da ahora la oportunidad de ver. Y merece la pena hacerle un hueco.

Saturday, October 11, 2008

Caos y armonía

Puede que sea una de las calles más evocadoras del mundo. Salgo de mi curso de italiano y la indecisión entre caminar un rato o subir al metro se desvanece al ver los pequeños rayos de sol que aun, a mediados de octubre, brotan del cielo. Oigo una música de fondo. Me suena. Guitarras, "rock alternativo", una de las canciones que no nos cansaremos de escuchar nunca. Wonderwall. You’re my wonderwall, que se ha convertido en autentico símbolo de nuestra generación. Una de tantas. Sin pensar saco unas monedas y resulta que sus caras también me son conocidas. Estudiantes de la universidad, dos chicos con mucho talento que no se desprenden jamás de sus guitarras. Me quedo con ganas de detenerme a hablar con ellos pero la profunda concentración en la que están absortos me echa para atrás y me quedo apoltronada en la fachada del ZARA de Preciados. Donde tanta gente entra y sale al cabo del día, a ritmo de vértigo, de consumo. Sonde yo misma me “inserto” cientos de veces por rutina sin pararme a ver lo que hay alrededor. Pero a veces, en días como hoy, una pequeña chispa para mi reloj.
No hubiera sido capaz de irme de no ser porque una manifestación de virus troyanos contra Panda me arrastra. Cuatro chiflados, o no, que se disfrazan de bacterias para proclamarse en contra de la nueva versión del software. Aturdida por ese anacronismo atravieso la FNAC. Para acortar camino o quizás sólo como quien cambia de dial. Y salgo a la calle del Carmen. Y delante de la placa grafiteada de El Corte Inglés suena potente Vivaldi, que ya es un clásico. En contraste con los dos universitarios, se expande el clasicismo de estos cinco músicos: tres violinistas, un celo y un bajo. Puede que más ad’hoc con el elitismo de los compradores de alto standing, que también se detienen y forman un pequeño anfiteatro. Es entonces cuando mis hojas en blanco me asaltan porque también quieren ver o escuchar el caos y la armonía. Y las saco de la carpeta.

Sunday, October 5, 2008

Vicky Cristina Barcelona


“Por qué tanto perderse, tanto buscarse, sin encontrarse...” Eso dice el hilo musical de la nueva sorpresa de Allen, una vez más, magistral. Eso sí, sin lugar alguno al doblaje. Obligada la versión original para captar los guiños a la comedia de lo que es en realidad una oda a las emociones, de inclasificable género. Dos turistas americanas y un verano en Barcelona. Un argumento, que de un vistazo, puede parecer vacío de contenido. Sin embargo, Woody Allen sabe hacer algo más que colorearlo para no dejar al público indiferente.

Vicky. Heredera de un moderno american way of life, sencilla, convencional y prometida con un hombre de estatus. Tiene toda su vida planeada y ella lo aprueba. Cristina. Emocional e impulsiva. No sabe lo que quiere pero sí lo que no quiere y está en busca de lo inencontrable. Sus planes, y la vida, con mayúsculas, se trastocan cuando conocen a Juan Antonio, un insuperable Javier Bardem espontáneo y carismático, que las invita en avioneta a pasar un fin de semana en Oviedo. Sin tapujos y recalcando de antemano su intención: hacer el amor. Porque la vida es corta.

Una escapada que se convierte en mucho más. La predispuesta Cristina sufre una fuerte indigestión. La reticente Vicky se ve obligada a estar a solas con un hombre del que desconfía. Y los convencionalismos de Vicky se van al traste cuando descubre a Juan Antonio y lo maravilloso de lo inesperado. Algo que, después, la torturará por dentro y la convertirá, a ella también, en víctima de la insatisfacción.

Pero Cristina, la eterna insatisfecha, encontrará una paradójica estabilidad junto a Juan Antonio. Bohemio y snob. Dedicado en cuerpo y alma a la vida y al arte. Amante del placer y enamorado de las emociones. Un personaje desprendido de clichés y dispuesto a cicatrizar sus heridas. Y la historia se complica. Aparece Maria Elena, su desquiciada y temperamental ex –mujer. Penélope. Fueron una pareja casi perfecta, pasional. Íntima. Pero lo ardiente quema.

Si bien parece la puesta en escena de una comedia de enredos, dista mucho de ello y, como todas las películas de Allen, es inclasificable. Vicky y Cristina, tropiezan con dos artistas. Dos artistas de talento innato que son la encarnación perfecta de esa insatisfacción intrínseca a la búsqueda de la pureza. La del arte y la del amor. La búsqueda de lo inencontrable, el permanente desasosiego de la especie humana, un afán palpitante por conseguir esa felicidad completa que, simplemente, es la mayor condena del hombre. Y todo esto, con Paco de Lucía y Entre dos aguas, Javier Aguirresarobe y su impecable fotografía y... Barcelona. También con su talento. Fantástica.

Ahora leeré las críticas. ¡Esto sólo es una opinión!



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Por qué tanto perderse, tanto buscarse, sin encontrarse
me encierran los muros de todas partes.
Barcelona... Te estás equivocando no puedes seguir inventando
que el mundo sea otra cosa y volar como mariposa.
Barcelona... Hace un calor que me deja
fría por dentro, con este vicio de vivir mintiendo.
Qué bonito seria tu mar si supiera yo nadar.
Barcelona... Mi mente está llena de caras de gente extranjera,
conocida, desconocida he vuelto a ser transparente.
No existo más. Barcelona...
Siendo esposas de tus ruidos, tu laberinto extrovertido.
No he encontrado la razón porque me duele el corazón.
Porque es tan fuerte, que sólo podré vivirte en la distancia
y escribirte una canción. Te quiero Barcelona…

(Giulia y los Tellarini, Barcelona)